lunes, 14 de enero de 2013

Armar y desarmar, el éxito del cambio.




El mecanismo universal es claro, preciso y mucho mas simple de lo que pensamos que es. A pesar de esto, existe una gran dificultad que se nos 


manifiesta cada vez que debemos aplicarlo en nuestra propia vida. Esto es natural y bastante sencillo de comprender, sólo requiere que nos tomemos el tiempo necesario para llevar adelante el aprendizaje que nos abra, definitivamente, las puertas del misterio devino. 
 Vivimos diariamente experimentando, la mayor parte de las veces no tenemos conciencia suficiente de ello, a través de lo que nos sucede en nuestro accionar cotidiano. Sólo nos detenemos frente a aquello, que de una manera significativa, se nos presenta generándonos algún tipo de dificultad mayor, exigiéndonos de esta manera a realizar un esfuerzo, mayor al habitual,   para resolverlo y seguir adelante con nuestra tarea. 

Sé que con decir que algo es bastante sencillo, no alcanza para convencer acerca de ello. Es necesario algo más contundente, para lograr así la atención general y dar el aporte necesario, para que el aprendizaje del cómo de las cosas, este al servicio de quien lo requiera.
Está claro que existe un mundo al que podemos percibir simplemente poniendo en funcionamiento nuestros sentidos. Este mundo, al que llamamos concreto, se nutre de uno mucho más pequeño, imperceptible, y definitivamente alejado de nuestra conciencia racional. Aun así, por insignificante que parezca, es el que establece las reglas del armado universal, las que luego vemos materializada como macrocosmo cada mañana al despertarnos. 
Una de las reglas básica de funcionamiento fundamentales para la construcción vivencial, es la del armado y desarmado. Para explicarlo lo haré basándome en una experiencia infantil que la mayoría de nosotros tuvimos cuando jugar era el objetivo de vida. Quién no tuvo un juego de bloques o ladrillitos, como yo lo llamaba en mi propia infancia; con el cual pasábamos horas creando construcciones de todo tipo (al que no lo haya aun podido vivenciar, le aconsejo que se consiga uno y disfrute de sus bondades, aunque sean un ratito de su adulto tiempo) que marcaban nuestros sueños de creación más profundos. Estos juegos tenían una cantidad de piezas determinadas, que por supuesto podíamos agrandar con la adquisición de algún complemento del mismo, pero que aun así, en algún momento se acababan a medida que avanzaba nuestra construcción. Cuando ello sucedía nos quedaba tres caminos posibles: seguir jugando indefinidamente con lo que habíamos armado, dejar de jugar con ese juego cambiándolo por otro o desarmar lo armado y así usar las piezas para la siguiente construcción. Podríamos haber elegido un cuarto paso, comprar indefinidamente complementos para nunca tener que desarmar nada y tener siempre piezas disponibles a nuestro alcance, pero ni se me ocurrió ponerlo como alternativa ya que sería bastante antinatural pues no iría con la esencia del juego, Esta, sin ninguna duda, está relacionada con la tercera, la de armar y desarmar, pues para este fin se creo el juego. De esto se deduce que podremos generar nuevas instancias en la construcción sólo, y sólo si, desarmamos lo anterior.


 Esto ocurre todo el tiempo en nuestras vidas, para armar algo nuevo necesitamos desarmar lo que ya es parte del pasado, lo que no necesitamos más para seguir jugando a este maravillosos juego que es la vida. 

Es doloroso desarmar todo aquello que armamos con ahínco y que nos acompaño durante tanto tiempo, pero del dolor surge lo nuevo, lo que el universo nos ofrece para que nuestras vidas tengan sentido, de nosotros depende el lograrlo.










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