jueves, 12 de enero de 2012

Primero, solo.

¿Que tema la soledad no?
Sin ninguna duda es una pregunta que ronda nuestra cabeza con mucha más frecuencia de lo que lo registramos.
Nos asusta el hecho de pensar en quedarnos solos y mucho más cuando va promediando la vida.


La realidad es que somos por naturaleza seres solitarios. Si pensamos por un instante en nuestros primeros momentos de vida, y cuando hablo de estos estoy tomando como punto de partida el instante de la gestación, nos daremos cuenta que en la gran mayoría de los casos (me diferencio de las circunstancias en las que se gestan mas de un feto a la vez) pasamos nueve meses en absoluta soledad, conectados a la vida mediante un cordón, el cual nos une a un ser, envolvente, quien además de generar el espacio adecuado para nuestro desarrollo, nos muestra el mundo, obviamente en pleno estado de inconsciencia de ello, según sus propias vivencias, las que sin ninguna duda, nos van adelantando algo de lo que se nos viene.

Luego nacemos y comenzamos la lucha por convertirnos en individuos y para ello debemos desprendernos, primero física y luego psicológicamente de ese ser envolvente que ya cumplió con creces su tarea. Esta lucha no es pareja ya que estamos en inferioridad de condiciones para lograrlo en el tiempo óptimo. Para que esto ocurra debemos esperar que pase el tiempo, e implorar que ese mundo envolvente, que nos rodea y que se cree poseedor de nuestras vidas, tenga la suficiente claridad y sabiduría para facilitarnos la tarea.  Cuando esto no ocurre estamos en verdaderos problemas ya que cuando estemos en condiciones de tomar conciencia de nuestras vidas, ya habremos absorbido una cantidad de información, que desde cierto punto de vista, nos es ajena y no tiene nada que ver con nuestra propia experiencia.
En este punto tendremos que iniciar un camino de diferenciación del material que pulula en nuestra mente consciente e inconsciente, determinando que es nuestro y que no. Este trabajo requiere de un tiempo de instropección, en el cual, recuperemos nuestro espacio y nos permitamos estar solos tanto en el plano físico como en el espiritual. No solo no debemos temer a esta instancia, sino que además, debemos comprender la importancia que tiene en el desarrollo posterior de nuestras vidas.

“Para poder valorar algo primero debemos conocerlo”

Esta frase es aplicable universalmente, en especial a aquello que es inherente a nuestras vidas. Si no nos conocemos no podremos darnos el lugar que nos corresponde ya que no entenderemos, obviamente, cual es. Si no sabemos dónde esta ese lugar; tendremos que ocupar otro, que no nos pertenece y que contiene, como consecuencia, elementos ajenos a nuestra existencia, lo que seguramente nos producirán un estado de insatisfacción inevitable, primero por tener que vivir una vida diferente a la que nos corresponde, y segundo, por tener que cargar sobre nuestras espaldas a seres y circunstancias que no nos son afines.

Para poder vincularme con el afuera, primero debo aprender a hacerlo con el adentro”

Cuando encuentro mi propio espacio, el que me corresponde, descubro en él todo lo que necesito, y cuando lo hago, veo que todo encaja perfectamente.
El afuera es una consecuencia del adentro y no el revés. Cuando no deseamos el afuera lo que verdaderamente nos pasa, es que no apetecemos el adentro. El afuera es un espejo de nosotros mismos.


“Detente un instante y siente lo que te está pasando respecto a esto, luego actúa para remediarlo si fuese necesario, el tiempo de hacerlo, es ahora”.

  

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